Una habitación propia para la creación

El arte, como forma de expresión estética, nos rodea a donde quiera que miremos y hoy en día se manifiesta desde las formas más tradicionales como la pintura, escultura, narrativa, danza, teatro y música, hasta las más novedosas, a partir de píxeles que se entrelazan entre sí para mostrarnos perfiles de Instagram que traslucen la perspectiva de lo que podría denominarse “arte millenial”; sin embargo, detrás de las ya digitalizadas de pinceladas de Frida Kahlo, líneas en PDF de Isabel Allende, pasos de baile de Yolanda Moreno y hasta beats de Rosalía en su Mal querer, hay un proceso creativo que se construye a partir de lo que bien describió la pluma de Virginia Woolf en 1929.

«Démosle una habitación propia y quinientas libras al año y dejémosle decir (y hacer) lo que quiera…”

Así es, una habitación propia -muy probablemente con el pestillo pasado- y quinientas libras – que ahora creo que tendría que ser mucho más- es lo necesario según Woolf para que, uno de los misterios más intrigantes del universo, logre dar vida a cualquier obra desde la hermosa y a la vez compleja esencia de su mismo carácter: la feminidad.

Ya bien Virginia reflexionaba sobre esto porque es cierto, somos objeto de inspiración miles de productos artísticos; casi siempre con hombres como autores dedicados, sin éxito, a desenmarañar el misterio entre nuestras piernas y más difícil aún: nuestros pensamientos. 

Una tarea imposible sin duda porque los años han pasado y con ello el propósito de encasillar tras las barras de una sola figura ha sido en vano. De allí que haya tantas interpretaciones teñidas de subjetividad. 

Al principio Aristóteles nos subestimó, Molière nos negó la pluma, Goethe nos adoró con los años, Bukowski nos idealizó y Mussolini por su parte nos despreció. Y aun así, allí estábamos – y seguimos estando- en la rebeldía de la contradicción de todos los argumentos que sostenían sus supuestas teorías.

La construcción esa habitación que menciona Woolf no ha de haber sido tarea fácil para nuestras predecesoras que tuvieron que luchar contra el miedo (pre) obra artística. Me gusta pensar que a pesar de eso hay mujeres detrás de tantos “anónimos” e incluso pseudónimos firmando poemas, libros, pinturas, canciones y otras tantas piezas importantes de la historia del mundo. 

Lo que me lleva a analizar algo que creo que todas hemos escuchado en algún momento de nuestra vida: “Detrás de un hombre hay una gran mujer”. Tan popular es la frase que Google no es capaz de dar con el autor certero de aquella sentencia; no obstante, tras el razonamiento que me lleva a redactar estas líneas creo que, antes de pensar en ese hombre que supuestamente está delante de nosotras, prefiero pensar en las mujeres que han sido acusadas de brujas por desentrañar misterios de hierbas, ser poseídas por demonios e incluso cuestionadas por construir la parte más humana y justa de un hombre. 

Es por lo que quizás sea mejor pensar que nadie ha de estar por “detrás” de nadie, mucho más si hoy luchamos por ser más bien reflejo de igualdad.

Gracias a ellas y a pesar de que ahora los retos son otros, hoy en pleno siglo XXII la mayoría de las mujeres que somos sinónimo de rebeldía en nuestro entorno tenemos la dicha de poder cantar, leer, meditar y más para forjar como artesanas un escenario propio para el desarrollo de ideas que se convierten en hojas de papel, imágenes, pinturas, proyectos y a una mayor escala emprendimientos dotados del más puro y honesto propósito de compartir con otros el resultado de esa fuerza que relampaguea perpetuamente en nuestro corazón.

La extensión de aquel espacio se hace tal que nos organizamos sobre causas cercanas a nuestras múltiples personalidades e incluimos a amigas, hermanas y primas. La habitación logra ampliarse y no llega a ser de una sola sino de todas y para todas.

Sin duda, la democracia de las redes sociales también nos ha permitido materializar la estética y pasión que llevamos dentro y que logra alcanzar al otro desde el otro lado de la pantalla con tan solo un toque. Además del increíble trabajo de grupos como Guerrilla Girls y la irreverencia de sus postulados como:

“Do women have to be naked to get into the Met?” Refiriéndose al Museo Metropolitano de Arte en Nueva York.

Si bien es cierto que el patriarcado y todo su sistema ha truncado la relación entre historia del arte y el término “mujer”, creo hoy por hoy queda de nuestra parte liderar el cambio que, aunque aún tímido, se da hoy y se seguirá dando a partir de ese lugar en el que seguiremos pariendo ideas que lograremos plasmar en libros, lienzos, canciones y otras manifestaciones artísticas que cambiarán totalmente el mundo tal como lo percibimos.

Todos somos presencia continua de arte, solo necesitamos la oportunidad de encontrar, entre todo lo que supone el día a día, un espacio en el que podamos pasar el pestillo y podamos ser y crear. Allí en ese lugar y dentro de nosotras está la verdadera revolución del feminismo hecha carne.

Escrito por María Victoria Terán  

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